jueves, 3 de febrero de 2011

                                               EL HUMO DE LAS CALLES

CAPITULO 1. Escenas desconcertantes

Estaba comenzando a atardecer y el otoño se abría paso ante nuestra tristeza. Era el momento del paseo rutinario y, muy a mi pesar, teníamos que salir a la calle para que el perro pudiera hacer sus necesidades fisiológicas.
Es muy curioso el mundo de los caninos, ese condicionamiento bajo el que actúan, todo está predeterminado y son capaces de realizar la misma conducta día tras día. Observándolo a él, a mi perro, no puedo más que sorprenderme de que las mejores épocas de su vida, son cuando nosotros, sus dueños, tenemos una rutina muy establecida. Se le ve más calmado, más cercano y cuando tenemos invitados en casa controla sus impulsos sexuales. Sabe cuándo toca cada cosa, pasear, comer, pasear, dormir, jugar...y vive plácido dentro de éste saber...todo lo contrario que yo. Que vivo con mucha dificultad las rutinas, los días iguales, las horas concretas para hacer determinadas cosas...ojalá pudiera vivir bajo el amparo del conductismo...o no.

Nos dispusimos a salir a la calle, y después de regar con orin las mismas esquinas que cada día, nos encontramos con una situación inesperada, en la que él me demostró su fidelidad y defensa del amo. Comenzó a ladrar bajito mientras miraba al frente y cuando yo levanté la vista me encontré a una chica de unos treinta años, rubia, con un aspecto saludable, pero que estaba siendo empujada hacia afuera de una casa, una planta baja. Ella gritaba desesperada y golpeaba la puerta con los puños cerrados, hasta que alguien, un hombre moreno, la abrió y le lanzó en la cara un paquete de tabaco mientras le decía que no quería volverla a ver. Cerró la puerta, con todas sus fuerzas y ella repitió la misma conducta que antes ante la puerta cerrada. Nosotros primero nos quedamos parados mirando la escena y quejándonos cada uno a su manera, él ladrando bajito y yo tensando todos los músculos de mi espalda. Hasta que decidimos caminar, y pasamos casi rozando a la chica rubia. La puerta se volvió a abrir, y salió disparado un mechero hacia la cara de la chica, la cual comenzó a gritar diciendo que tenía testigos. Él se asomó y los testigos éramos nosotros.

1 comentario:

  1. M'encanta este/tu nuevo blog....
    Estoy muy intrigado e¡por saber cómo sigue esta historia...

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